1853. Más de tres décadas después de proclamada la independencia y casi otras tres antes del desastre que hundió al país en la guerra con Chile. En ese momento escribe Ricardo Palma, un singular testigo de la realidad que escribe a partir de hechos o datos circunstanciales que estima relevantes. No es el tradicionista que algunos leímos en la escuela, en textos descafeinados, escogidos por su carácter anecdótico e intrascendente —o incluso mutilados para hacerlos inocuos—. Palma fue un agudo observador de una realidad a la que supo juzgar de manera discreta pero incisiva.

Ese es el observador que en un texto titulado “El baile de la victoria” anota:

“No con el último disparo de fusil en el campo de Ayacucho desapareció la vida colonial. En cuanto a costumbres, se siguió, en toda casa de buen gobierno, almorzando de nueve a diez de la mañana, comiendo de tres a cuatro de la tarde, cenando a las diez de la noche, rezando el rosario en familia antes de meterse entre palomares (vulgo sábanas)”.

Y se extiende: “El mobiliario en las casas, la indumentaria personal, las fiestas y procesiones religiosas, los capítulos para la elección de prior o de abadesa (…) las corridas de toros, el reñidero de gallos y las funciones teatrales, los saraos de buen tono, los holgorios populacheros, todo, todo subsistía sin ápice de discrepancia, como en los días de la colonia. Nada había cambiado. Sólo faltaba el virrey, y créanme ustedes que la mayoría del vecindario limeño lo echaba de menos”. Repárese en la contundencia de ese “Nada había cambiado”, salvo la añoranza por el representante de la corona española.

El observador anota: “Aunque la ley había abolido los títulos de Castilla, ellos seguían en boca de todo el mundo: ‘¡Salud, señor marqués! ¡Adiós, señor conde!’ Eran frasecitas de cortesía que ni el más exaltado patriota escrupulizaba pronunciar". Y entonces desliza el juicio sobre estos señorones: “Ciertamente que la aristocracia de los pergaminos, con las leves excepciones de toda regla, no descollaba por el talento o la ilustración, pero sí deslumbraba todavía por su riqueza y boato”.

¿Alguna semejanza con la clase alta de nuestro tiempo? Varias, entre las cuales destacan la falta de talento e ilustración y la necesidad desenfrenada de ostentar la riqueza que han acumulado. ¿Alguna diferencia? El cambio de metrópoli: España ha sido sustituida por Estados Unidos, no en lo que este país tiene de valor sino en los gustos, más bien chatos, de Miami.

Semejanzas y diferencias han sido inculcadas en los sectores medios que se creen más cuando imitan a “los de arriba” y se erigen así en su barrera de protección, amaestrados, como están, para votar en cada elección contra aquello que signifique un cambio del llamado orden social.

Transmitida desde los sectores altos, se propaga la incapacidad de entonces y de ahora para hacerse cargo del país real que es el Perú. El de los cholos de los cuales se sirven “los de arriba”, pero a quienes siguen despreciando.