Keiko Fujimori asume la presidencia del Perú este 28 de julio, elegida en su cuarta postulación al cargo y 26 años después de que su padre y mentor—que llegó a colocarla en funciones de “primera dama”, en reemplazo de su madre privada de libertad por el propio Fujimori— huyera del país, se refugiara en Japón, la tierra de sus padres, y renunciara a la presidencia del Perú mediante un fax enviado al Congreso.

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El país que recibe a Keiko es bastante distinto del que gobernó su padre durante más de diez años. El Perú ha experimentado, como en un tobogán de varios tramos, una caída que lleva varias décadas, que parece detenerse en periodos cortos para luego reiniciarse sin que se avizore el final. La caída que se ha pronunciado a lo largo de este siglo.

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En cuanto a la elección de 2026, es pertinente subrayar que Keiko Fujimori ha sido elegida por un tercio de los 27.325.432 electores hábiles; en la segunda vuelta sus votantes fueron 9.190.889 ciudadanos (en la primera habían sido apenas 2.877.678, esto es 10,5% de quienes votaron entonces). Legalmente, su elección es inobjetable, puesto que se ha efectuado en conformidad con las normas vigentes al tiempo de la elección. ¿Pero cuáles son los límites que los términos de esta victoria imponen al/la vencedor/a, si es consciente de la existencia de un importante sector ciudadano que no lo/a respalda?

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Sánchez obtuvo 50.1% de los votos emitidos dentro del territorio nacional y Fuerza Popular algo menos: 49.89%. Esto significa que, si los peruanos residentes en el extranjero no hubiéramos votado, Sánchez habría ganado la elección al haber obtenido 32,014 votos más que Keiko. Lo que equivale a reconocer que los peruanos no residentes en el territorio nacional dieron el triunfo a Fujimori. Como ha subrayado la investigadora Lisa Zanotti, “En Perú, el voto exterior no reforzó una tendencia, sino que cambió el resultado” (El Diario.es, 4.7.2026).

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De allí que, durante las semanas que ha tomado el escrutinio, las redes sociales se hayan llenado de votantes de Keiko Fujimori en el extranjero que proclaman su amor al país y su compromiso (desde lejos) con su futuro. Pero, más allá de los valsecitos o los huainos que el 28 de julio se escuchen en Florida o Madrid, el hecho claro es que, a esos votantes que esta vez fueron decisivos, lo que pase en el país no nos afecta directamente como sí les ocurre a los residentes.

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Con la elección de 2026 Keiko Fujimori se incorpora a la ola derechista que cae sobre la región. Nayib Bukele en El Salvador, Javier Milei en Argentina, José Antonio Kast en Chile, Abelardo de la Espriella en Colombia, Nasri Asfur en Honduras, Laura Fernández en Costa Rica y Daniel Noboa en Ecuador son los otros integrantes del elenco.

Acerca de esta ola, Sergio Ramírez ha observado que crece por “medio de votos contados de manera incuestionable. No es la vieja derecha tradicional conservadora, sino la extrema derecha con una propuesta alucinógena de megacárceles, mano dura contra los emigrantes, recortes masivos del gasto público que suprimen programas sociales, y alineamiento militar y de seguridad con el Escudo de las Américas, la alianza encabezada por Estados Unidos.” (El País, 29.6.2026). El tiempo dirá si Keiko corresponde al modelo.

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En este país Keiko Fujimori se instala como la primera mujer que es elegida como presidenta de la república. Su futuro en el cargo resulta tan incierto como el del país.