A la (larguísima) espera de los resultados electorales definitivos, se hace apuestas que, de resultar exitosas, pueden llevar al postor a un lugar mejor que el que ha logrado hasta ahora por sus propios medios. Así vemos, día tras día, cómo nos sorprenden quienes juegan sus cartas por Keiko o por Sánchez, sin dar argumentos ni explicaciones.

No me refiero a quienes han optado, tiempo atrás, por apoyar a Sánchez desde la creencia —probablemente equivocada— de que con él será posible una transformación del país, objetivo que en verdad resulta ilusorio. Tampoco aludo a quienes, desde hace mucho, escogieron volar al amparo de la heredera del líder y hoy suman a su mediocridad el terror de que con la cuarta derrota de Keiko el fujimorismo cierre su capítulo en la triste historia política del país.

Unos creen que con Sánchez pueden contribuir a un gran cambio. Los otros, con más realismo, intuyen que solo con Keiko pueden mantener o alcanzar, aquella situación que sin ese poderoso apoyo —obtenido a cambio de su incondicionalidad— no hubiesen logrado lo que tienen o no alcanzarán aquello a lo que aspiran.

Aquello que llama especialmente la atención es, más bien, la aparición de conversos recientes que, de pronto iluminados, ven en una u otro, un futuro promisorio para el país. Como podría pensarse que esta formulación es muy imprecisa, echo mano a dos casos que atraen la atención del observador. Ni uno ni otro son jóvenes ni son nuevos en política.

Uno es el caso de un diplomático de carrera que fue ministro en el gobierno de Toledo y en su trayectoria profesional tuvo cargos diplomáticos durante los gobiernos de García y Humala. En 2011 fue, brevemente, candidato presidencial por un partido político del cual no se tuvo noticias ni antes ni después de la intentona. A los 77 años ha subido a la escena en un spot de televisión en el que, bajo el manto de dar apoyo a Sánchez, en varias tomas se muestra él mismo rodeado de pobladores del “Perú profundo” como si fuera candidato a algo más que un cargo ministerial. Digno de verse y de especular acerca de cuán lejos quiere llegar el hombre.

El otro es bastante más interesante. Se trata de un ingeniero de profesión, pero político de carrera… con varias estaciones de cambio. En los años ochenta se inició en el PPC de Barranco, pero su nombre empezó a sonar cuando se alineó en la oposición a Fujimori desde el Foro Democrático, donde integró el comité directivo. En 1998 se enroló en Perú Posible, donde llegó a ser secretario nacional de política. En reconocimiento, Toledo lo designó consejero presidencial en 2001 y ministro de Trabajo en 2005.

En su carrera electoral este actor registra dos fracasos sucesivos de su postulación como candidato al Congreso: no fue elegido en 2006 con Perú Posible y tampoco en 2011 con la Alianza Perú Posible. Renunció a Perú Posible en 2014 y el año siguiente se integró a Peruanos por el Kambio, con PPK. Para las elecciones de 2016 fue designado coordinador de la campaña y vocero de la candidatura. Finalmente, ese año fue elegido congresista, pero en 2019 renunció al partido y pasó a integrar la bancada Acción Republicana, que luego hubo de denominarse Contigo; allí fue presidente de la comisión política y candidato al Congreso, calidad en la que en 2020 volvió a conocer el fracaso electoral.

Los últimos tumbos sugieren desesperación. En 2020 volvió a ser ministro de Trabajo durante tres días en el fugaz gobierno de Manuel Merino. Al año siguiente se integró al equipo de campaña de César Acuña. Finalmente, en estos días y a los 65 años, ha aparecido como patrocinador de Keiko Fujimori. No puede negarse que el hombre tiene capacidad para sorprendernos.

¿Qué nos dicen estos casos? Probablemente, hay otras trayectorias con mucho sabor, pero estas dos bastan para caracterizar a un tipo de actor político peruano, acaso mayoritario, que alienta el desapego del ciudadano con relación a la política. Por si no fuera suficiente el zigzagueo, cuando este actor obtiene un lugar de poder, su oportunismo le aconseja servir algún interés particular que le facilite mantenerse en algún puesto del sistema. Y el ciudadano sabe que las promesas que escuchó de él/ella en la campaña no tienen validez alguna. De allí los bajos porcentajes que en primera vuelta obtienen aquellos que, como Fujimori y Sánchez, se han enfrentado en segunda vuelta. Y de allí que el 7 de junio uno de cada cuatro peruanos no votara, pese a la multa.