En casi medio siglo de procesos electorales, la presidencia de la república se decidió en primera vuelta solo en dos ocasiones. Una ocurrió en 1985, cuando Alfonso Barrantes declinó ir a definir la elección con Alan García y las autoridades electorales interpretaron que el walk-over decidía la contienda. La otra tuvo lugar diez años después, cuando Alberto Fujimori ganó su reelección al vencer a Javier Pérez de Cuéllar.
En todas las demás elecciones la definición se produjo en segunda vuelta. En 1990 Alberto Fujimori derrotó a Mario Vargas Llosa; en 2001 Alejandro Toledo venció a Alan García; en 2006 Alan García ganó a Ollanta Humala; en 2011 Ollanta Humala se impuso a Keiko Fujimori; en 2016 PPK ganó a Keiko Fujimori, y en 2021 Keiko sufrió su tercera derrota, frente a Pedro Castillo. Los resultados de la primera vuelta en 2026 siguen, pues, lo que ya se ha hecho habitual en el Perú y se ha asentado en esta ocasión con la dispersión del voto entre muchas candidaturas. Esta vez también se va a una segunda vuelta.
La primera vuelta se ha convertido en una suerte de rueda eliminatoria en la que se ha demostrado, una y otra vez, que quienes disputarían la segunda vuelta contaban con un bajo respaldo inicial. 2026 no es una excepción: los dos primeros oponentes no sumaron 30% de los votos emitidos.
Una primera vuelta sin mayores sorpresas
Los resultados electorales de la primera vuelta han traído algunas sorpresas pero, bien vistas, no son tantas. Que algo menos de un veinte por ciento (17%, para ser precisos) apostara por la heredera de Fujimori en su cuarta intentona no es sorprendente: es más o menos lo mismo que vimos en las ocasiones anteriores. Que el voto se dispersara entre las 36 candidaturas presidenciales subraya lo que sabíamos de antemano: ningún candidato resultaba suficientemente convincente para un ciudadano algo escaldado por la experiencia de votar y comprobar luego que fue engañado con promesas que no estaban destinadas a ser cumplidas.
Las 36 candidaturas acaso constituyan un récord en el mundo pero en el Perú demuestran que, como quiera que hemos aprendido costosamente que cualquiera puede ser elegido, no escasean ambiciosos que deciden jugar su carta; aunque luego solo alcancen una votación ridícula: en 2026 diez de los pretendientes obtuvieron menos de cincuenta mil votos entre 25 millones de ciudadanos que llegaron a las urnas electorales.
Que algo más de una cuarta parte de los electores habilitados no fuera a votar forma parte de una tendencia que ya es histórica, pero merece examen. Probablemente, en buena medida se trata de ciudadanos que, engañados por promesas incumplidas una y otra vez, se han vuelto escépticos acerca de las ofertas que se formula en cada elección y que, como bien imaginan, solo intentan esconder la ambición del proponente. La excepción, que no está al alcance de los más, consiste en movilizarse por un contacto que, de llegar a buen puerto, procure algún beneficio concreto al movilizado que contribuyó a su éxito.
A estas alturas de la experiencia, el ciudadano mayoritario, que no espera un cambio en su horizonte personal a partir de lo que ocurra en una elección, intenta sobrevivir —y, si es posible mejorar— a partir de sus propios esfuerzos, sin esperar los hipotéticos beneficios de elegir a este o al otro. Esa actitud lleva a cierta indiferencia acerca de la escena política y, desde luego, si votar no fuera obligatorio con el respaldo de una multa para el omiso, ya veríamos cuántos irían a participar en aquello que el periodismo usual, recurriendo a una retórica hueca, insiste en considerar una fiesta cívica.
En definitiva, el curso de la economía —tanto la del país como la personal— no depende de lo que haga el gobierno sino de las decisiones de agentes económicos que cada vez se informalizan más, con la complicidad de aquellos funcionarios a los que remuneran por su permisividad. Así crece la economía real, la que vive la gente, no la que cuida celosamente el Banco Central de Reserva y muestra en sus estadísticas. Consciente de ello, Julio Velarde ha admitido en estos días: “estamos cada vez peor, es casi una vergüenza” la situación de carencia por la que oficialmente diez millones de peruanos viven en pobreza.
Pero, dada la multa, hay que votar un domingo cada cuatro años. ¿Por quién hacerlo este 7 de junio? Hasta la década de los años setenta, en el siglo pasado, la ciudadanía —bien o mal informada— buscó elegir a quien parecía más capaz. Así se eligió a José Luis Bustamante y Rivero, Fernando Belaunde Terry y Alan García. Y así nos fue. De modo que, a partir de 1990, se pasó a aquello que los politólogos llaman “voto identitario”. El giro parió a Alberto Fujimori, quien se había publicitado como “un peruano como tú”.
En 2026 el voto para aquel con quien el elector encuentra semejanza parece haber favorecido a Sánchez. No importan sus antecedentes ni, incluso, sus (in)capacidades. Si se eligió a Castillo, ¿por qué no a alguien que fue ministro suyo y, según parece, colaboró en el intento de autogolpe del expresidente?
Opciones poco atractivas
Hace quince años los peruanos tenían que decidir en segunda vuelta, entre Keiko Fujimori y Ollanta Humala. Mario Vargas Llosa, que por entonces todavía se hallaba entre los adversarios del fujimorismo, caracterizó la opción del elector como la de “elegir entre el cáncer y el sida”. Una figura que bien podría usarse para ilustrar el dilema del elector en la segunda vuelta que le espera en pocos días.
En esta esquina —como diría el anunciador en el ring de boxeo— está la candidata permanente y siempre derrotada por quien se le pusiera al frente. Heredera de una tradición paterna que le ha dejado más enemigos que simpatizantes, fue vencida en las tres ocasiones anteriores —como es posible que lo sea en esta— por el clamor de “Fujimori nunca más” que reúne a muy diversas posiciones y que pesa como una lápida sobre la heredera.
A la herencia recibida ella ha agregado una serie de salpicaduras oscuras, tocantes básicamente a su financiación, en el centro de los cuales destaca el caso Odebrecht. Que en la vía judicial los casos hayan demorado más de lo razonable y que, en definitiva, no haya sido condenada es algo muy distinto a que sea inocente. Esos procesos hablan, más que de ella, de la administración de justicia del país.
Luego de su tercera derrota, Keiko había prometido no volver a ser candidata, pero la ambición le pesa más que la razón. Una ambición que, contrariamente a lo que hubiera podido imaginarse, tanto López Aliaga como PPK han aclarado que no respaldan. Ella no comprende que es casi seguro que nunca será elegida por la mayoría debido a que se preferirá a quien se le enfrente. No importa quién sea y para demostrarlo es más que suficiente que el electorado prefiriera a Pedro Castillo en 2021.
En la otra esquina se prepara Roberto Sánchez, quien el haber conseguido “retener el 75 por ciento de los votantes que Castillo tuvo hace cinco años”, como ha notado Raul Asensio, se constituye en su heredero. A esa condición Sánchez ha agregado una cercanía tóxica con Antauro Humala y una trayectoria cuajada de denuncias de diverso tipo, varias de ellas referidas —¡cómo no!— a asuntos de dinero. Por cierto, su persistencia se ha revestido con una sucesión de vestidos políticos que se ha puesto, saltando entre siglas que ha ido cambiando según conviniera a sus propios intereses. Yehude Simon ha sostenido públicamente que en algún recodo de ese laberíntico recorrido le “robó” el traje denominado Juntos por el Perú.
Claro está, los antecedentes que adornan a Sánchez son los mismos de casi cualquier personaje político peruano de hoy. De una parte, un recorrido saltarín, guiado por el oportunismo, por el que cada quien guarda en su clóset cuando menos tres o cuatro siglas. De otra, una serie de denuncias, escándalos y asuntos turbios que, pese a ser ventilados en medios y redes, no conducen a enmienda alguna. Es exponente de ese ambiente de los políticos cuya expresión más infame son los y las “mochasueldos”, que usualmente son liberados de responsabilidad por el conjunto de padres y madres de la patria.
De modo que la alternativa a Keiko es alguien “normal nomás”, como diría cualquier compatriota ya resignado al deterioro continuo del país y sus habitantes. Deterioro generalizado que la ineficiencia del reciente proceso electoral ha vuelto a mostrar en fallas que los perdedores utilizan para gritar “fraude”, como hacen en estos días “Porky y sus amigos”.
En torno a Sánchez hay un par de componente adicionales en el escenario revuelto de hoy. Uno es la investigación desarrollada por el Ministerio Público sobre él. Parecería que el hecho de que este haya alcanzado el segundo puesto en la primera vuelta ha operado como un disparador de celeridad en la fiscalía que mantenía dormida la investigación. Aunque no puede predecirse el desenlace de estos cargos, no puede dejar de vérselos con sospecha. Si Sánchez tuviera auspiciadores similares a los que tiene Keiko, le bastaría que se le diera el mismo trato que a ella para salir limpio de polvo y paja. El otro elemento es la campaña desplegada contra su candidatura por El Comercio, que paradójicamente puede favorecerlo debido a la desconfianza del electorado en torno a los medios tradicionales.
Para Laura Amaya, en la segunda vuelta los ciudadanos “no están frente a dos proyectos que entusiasman, sino más bien ante dos temores que compiten entre sí.” La clave está en cuál “opción se percibe como una peor o más peligrosa. El elector peruano ha normalizado que en segunda vuelta el voto no es por convicción, sino para evitar una desgracia mayor.” Así vamos al 7 de junio.
Ante ese panorama, ¿votar viciado es una salida, como proponen algunos líderes de opinión? Es una opción propia de una conciencia crítica que busca exonerarse de responsabilidad por un resultado que en cualquier caso será negativo. Pero el gesto, que está condenado a ser minoritario, no tiene consecuencia alguna. No nos aleja del abismo.
Vuelta a ganarse el pan
Salvo que ocurra algo por ahora imprevisible, el 28 de julio habremos vuelto a la normalidad. Una normalidad que es la de una situación social y económica deplorable para millones de peruanos. Que tiene raíces muy antiguas y que no ha encontrado cura en los dos siglos de república, incluso cuando en las últimas tres décadas hubo una situación económica que permitía cerrar brechas.
La brecha más difícil de cerrar es la de distancias sociales, marcadas en lo económico por una desigualdad que internacionalmente asombra pero que es vivida como normalidad por quienes no padecen lo peor de ella. Distancias que en lo social se expresan no solo en discriminación sino en desprecio, manifestado en las redes sociales cuando en estos tiempos todavía hay quienes, desde la cúspide de la pirámide de ingresos y enceguecidos por el temor a perder muchos o pocos privilegios, piden abiertamente que se balee a los cholos insurrectos.
Acabada en unos días la incertidumbre acerca de quién se sentará en la silla presidencial y encabezará el próximo fiasco, el peruano promedio volverá al recurseo cotidiano a fin de ganar el pan para los suyos y procurar a sus hijos algo mejor de lo que él o ella pudo lograr. Y esto para un creciente número de peruanos jóvenes ya significa ir a vivir en otro país, mientras que quienes permanecen en el Perú continúan la caída en una especie de tobogán cuyo punto final no se avista.
LINK de Asensio: https://criticaydebate.iep.org.pe/noticias/los-tres-grandes-y-la-sorprendente-estabilidad-de-la-politica-peruana/
LINK DE Amaya: https://criticaydebate.iep.org.pe/noticias/presidente-por-accidente/