El colombiano Héctor Abad Faciolince publicó hace unos veinte años una exitosa novela con el título que he tomado prestado para esta nota. Él retrató una historia que era la de su propia familia; yo apenas intento transmitir mi perplejidad ante el vacío en el que han quedado tantos personajes que entregaron buena parte de su vida a esfuerzos de los que no ha quedado huella.

Hallándome en mi octava década de vida —que, según bromeo, para mí no es la década perdida sino probablemente la década final—, he sido testigo de diversos proyectos vitales, hoy olvidados, desarrollados por actores que eran mayores que yo, pero también por muchos coetáneos. Echo mano a algunos ejemplos para ilustrar mi reflexión.

Nací al interés por la vida pública en los años sesenta del siglo pasado. Y en ese terreno vi a gentes como Héctor Cornejo Chávez —quien también fue un aburrido profesor mío de Derecho de Familia— aparecer como un temido impugnador del viejo orden oligárquico, que desde la tribuna parlamentaria remeció a ministros y autoridades. Para que su tarea fuera mucho más que individual, con otros que compartían sus inquietudes fundó un partido, la Democracia Cristiana, que tuvo como objetivo transformar el país. No lo logró y hoy, partido y personaje, están en el olvido.

Como HCCh, en esos años apareció Alfonso Benavides Correa, defensor del petróleo que se hallaba irregularmente en manos de una empresa estadounidense —la International Petroleum Company— y que el primer gobierno de Fernando Belaunde (1963-1968) hizo el ademán de expropiar en términos no muy claros. Ese fue el detonante del golpe militar con el que Juan Velasco Alvarado estableció un gobierno de siete años que intentó desarrollar una amplia y radical transformación del país.

En ese ambicioso empeño tomaron parte una serie de intelectuales que contaban con méritos en su campo. Eran gentes como el antropólogo Carlos Delgado, el filósofo Augusto Salazar Bondy o el educador Walter Peñaloza, que tomaron a cargo un área del proyecto de reformas para llevarlas adelante. Transcurrido algo más de medio siglo de ese intento, no queda huella de lo que se trabajó ni recuerdo de los protagonistas.

Más aún, del fracasado esfuerzo de Velasco y su grupo de coroneles revolucionarios solo quienes somos mayores tenemos alguna noción. Con seguridad, los jóvenes de hoy no saben nada al respecto. Claro está, un sistema educativo deplorable no transmite lo más relevante de nuestra historia.

Si paso revista a mi propio grupo generacional, constato que gentes con las que compartí trabajos e ilusiones han ido partiendo —me estremezco cuando repaso los nombres en continuo incremento— sin que los trabajos que absorbieron nuestro tiempo y dedicación hayan producido frutos perdurables.

¿No es duro comprobar así el olvido que seremos? ¿Quedará algo de tanto empeño a los que algunos dedicamos el tiempo robado a la familia o al descanso mientras otros, entregados más bien al disfrute, nos miraban sin entender aquello que probablemente interpretaron como una simple ambición individual?

Me detengo antes de plantear la conmovedora pregunta que José María Arguedas formulara en la mesa redonda llevada a cabo en el Instituto de Estudios Peruanos en junio de 1965: ¿He vivido en vano? Un cuestionamiento injusto consigo mismo, conforme se puede comprobar a la luz de la trascendencia alcanzada por su obra, pero que probablemente jugó un papel clave en la depresión que unos meses después llevó al autor a un intento de suicidio fracasado entonces pero que, valiéndose de otros medios, Arguedas finalmente culminó en 1969.

Probablemente, no todos aquellos esfuerzos se hicieron en vano. Carecemos de la distancia y perspectiva para hacer una evaluación serena. Pero el curso declinante que ha seguido el país, a pesar del empeño de no pocos peruanos, lleva a un juicio más bien escéptico acerca de lo logrado.

Mario Campos, un viejo amigo que partió hace años, produjo cuidadas piezas periodísticas a propósito de las cuales acostumbraba decir: “Escribimos para que se nos quiera”. Creo, más bien, que escribimos para eludir ese olvido despiadado que nos aguarda a nosotros y nuestros empeños.