Tengo 83 años y mi memoria política se remonta a la década de los 50 y los 60 del siglo pasado, cuando cursaba estudios secundarios en la ciudad de Jauja, primero, y universitarios en San Marcos, luego. Cursé los tres últimos años de educación secundaria en el colegio de San José porque me permitía pasar las vacaciones escolares en el campamento minero de Morococha, donde mi padre trabajaba. La educación primaria la hice tanto en Morococha como en Jauja, lo que me permitió convivir con los trabajadores mineros, compartir sus alegrías y también sus frustraciones.

Ahora el campamento minero no existe, sus pobladores fueron desplazados a un lugar cercano denominado “Nueva Morococha”, a fin de hacer lugar a nuevos yacimientos mineros. La empresa minera china que realiza estas explotaciones es estatal, con un gobierno controlado por el Partido Comunista. Señalo esta paradoja porque ni los imperialistas yanquis se hubieran atrevido a hacer lo que los “comunistas”, o como se los llame, vinieron a hacer décadas más tarde.

Los amigos que viajan a Morococha siempre me dicen “cómo pudiste vivir en este lugar tan horrible”. Debo declarar que no tengo esa impresión ni comparto esa expresión; por el contrario, los años más felices de mi vida los pasé en ese campamento, con los trabajadores y sus familias, que en su mayor parte provenían de la sierra central. Nunca milité en un partido político debido a la profunda desconfianza que me producían los dirigentes. Pero fue en Morococha donde consolidé mi vocación irrevocable por la causa de los humildes y los explotados.

Tenía, por lo tanto, una experiencia y una educación política nutridas por la realidad. Y cuando ingresé a San Marcos, primero para estudiar Derecho, esa vocación inicial se sustentó en la honda discrepancia que existía entre la propaganda que mis profesores enseñaban y lo que hacían como terratenientes en sus haciendas como las situadas en Chancay. Esa fue la razón por la que, gracias a las recomendaciones y enseñanzas de José María Arguedas y José Matos Mar, me trasladé al Instituto de Etnología y Arqueología. En 1962 y 1964 realicé con ellos investigaciones en el valle de Chancay, en la Sierra Central y en Jesús de Machaca en Bolivia. En este último lugar me convencí de que la única manera de comprender la realidad peruana era, por el contraste, mediante una comparación rigurosa entre nuestra realidad y otras distintas.

En 1959, por vez primera, la así llamada izquierda ingresaba al control de la Federación Universitaria de San Marcos, desplazando, de esta manera, el longevo predominio del APRA. Lo hizo encabezada por Juan Alberto Campos Lama, quien fue sucedido por dirigentes notables como Max Hernández Camarero y Mario Castillo. Por supuesto, jovencitos como yo, que venían de la sierra, eran el blanco predilecto para ser captados en la izquierda, a través de fábulas y cuentos acerca de cómo se imaginaban que eran los obreros. Estos discursos me desconcertaban por la profunda discrepancia entre mi experiencia y lo que escuchaba. También me asombraban los militantes comunistas que, en sus campañas en los centros mineros, dirigían a su audiencia discursos que aludían a una realidad completamente ajena a la de ellos. Hablar de los “espíritus” de las minas, del “tío” o del Muqui les parecía irrelevante, mientras que los mineros vibraban al evocar estas figuras. Por esa razón no tuve militancia en esas filas, como en ninguna otra. Me parecía, y me parece, que la política en el Perú no se hacía para servir al pueblo sino para servirse. Eso no quiere decir que no pensara y que no quisiera cambiar esta realidad tan oprimente. Pero la política no es propaganda, es ciencia; y ciencia supone conocimiento. Si se quiere cambiar la realidad, primero se tiene que saber qué es esa realidad.

Traté de ser coherente con las premisas anteriores y, por lo tanto, busqué obtener una formación que me permitiera comprender el Perú. El aprendizaje realizado me permitió llegar a una conclusión: la raíz de los problemas del Perú, de ayer y de hoy, se encuentra en la fractura que la conquista española produjo en 1532. Esa fractura no soldó.