Crecí en una época en la que la moral católica perdía fuerza. En cambio, la moral social tenía cierta vigencia para refrenar tentaciones. La preocupación por lo que otros pudieran pensar de uno llevaba a cuidar el comportamiento, ajustándolo a ciertos límites. Pero hoy se comprueba a diario que tampoco el ‘qué dirán’ impide dar rienda suelta a lo que cada quien apetece.
La moral católica nunca fue del todo eficaz para ordenar la vida social. Mediante el arrepentimiento y el sacramento de la confesión el pecador quedaba limpio de culpa —a los ojos de Dios—, aunque hubiese causado mucho daño a los demás. Acaso por eso, desde la rebelión de Lutero en el siglo XVI, la alternativa de los grupos llamados protestantes le ha restado fieles a los seguidores de Roma: el control grupal sobre la conducta de sus miembros se ejerce en ellos con cierta eficacia.
A mediados del siglo pasado, un colegio católico —como en los que yo estudié— inculcaba normas destinadas a ser puestas de lado en la juventud por la mayoría de quienes pasaban por ellos. Años después, el escándalo de la pederastia vendría a enterarnos de que muchos sacerdotes ni siquiera se atenían a esas normas, al abrigo de una vasta falsedad existente que impidió sancionar conductas reprobables en curas y monjas.
En reemplazo de la prédica sacerdotal, en mis años jóvenes conocí el ‘qué dirán’. Era un niño cuando recibí la primera gran lección acerca del control social que ese mandamiento laico ejercía. Una parienta había realizado un viaje a un país vecino y, según se supo, había incurrido en ciertos excesos. Cuando un hermano suyo se lo reprochó, ella se defendió con este argumento: “Pero qué importa, si allá no soy conocida”.
Es decir, las faltas de conducta no tenían importancia si el hecho resultaba ignorado en el círculo social en el que uno se movía. Y eso era así porque entre amigos y conocidos había sanción social. La puta nunca fue aceptada en el barrio. El ladrón habitual no era bienvenido. Sus conductas eran señaladas a los niños como aquello que debían evitar. Eso es lo que ha cambiado.
Y el cambio no ha ocurrido solo en el Perú. Hace años, un reportaje de la televisión española indagaba por el impacto de la sequía en una zona rural. Uno de los agricultores entrevistados dijo: “Agua hay poca; lo que no hay es vergüenza” y pasó a detallar las irresponsabilidades de las autoridades en el manejo del problema, desde el cálculo de que no amenazaban su futuro político.
Esa desvergüenza caracteriza la vida social en estos tiempos. La recriminación por incurrir en algo indebido está ausente. No se da en la vida familiar ni en los demás ámbitos hasta abarcar a la vida pública. El joven no está sujeto a control paterno. El vecino puede dañar impunemente el ambiente del barrio, contando con la resignación de los demás. Y, desde luego, el congresista o el ministro están dedicados a gestiones corruptas y a aprobar disposiciones en beneficio de sí mismos. El rechazo no lleva a la sanción social de estas conductas.
El debilitamiento de la sanción social sobre las faltas éticas ha sido, y es, propulsado por los ejemplos negativos de un liderazgo mundial en el que el componente moral escasea. Por el contrario, personajes como Donald Trump —entre muchos otros— promueven abiertamente el interés individual como un valor situado por encima de cualquier otra consideración.
Llegados a este punto, es preciso confesar la añoranza. Que declaro con un tinte de arrepentimiento. Porque, ante las muestras de respeto por el ‘qué dirán’, en su momento algunos reaccionamos denunciándolas como una gran hipocresía social: adoptar una determinada conducta social dependía del temido juicio de otros, no de una convicción propia.
Pues, ocurre que esa hipocresía nos permitía vivir en una sociedad cuyos miembros, en proporción mayoritaria, trataban de mantenerse dentro de los márgenes de aquello que se consideraba positivo, para uno mismo y para los demás. Al romperse ese dique de contención, desechando así la consideración de otros sobre nuestra conducta, los apetitos se han abierto paso en la tierra del todo-vale. Ese es el espectáculo cotidiano que nos regalan los políticos. Pero también es la carencia de reglas que, en diversos ámbitos, nos hace la vida menos vivible.