Por llamativo que sea el retorno del garrote yanqui que Trump ha esgrimido en Venezuela, es apenas un síntoma de un cuadro mayor. El “orden” en el que crecimos y fuimos educados quienes hoy tenemos, digamos, más de treinta años de edad se ha ido disolviendo ante nuestros ojos, que no siempre resultaron adecuadamente educados para permanecer atentos al proceso.
Tómese nota que el esbozo de ese proceso aquí intentado es meramente descriptivo. Esto es, no está teñido de la nostalgia destilada por Frank Sinatra, en los años sesenta, por “el increíble mundo que conocimos”, en The World We Knew. Más bien, se busca apuntar algunas de las mutaciones radicales a las que asistimos en nuestro curso vital, sin pretender valorarlas.
Empecemos por el asunto de estos días. Una intervención armada de Estados Unidos en la región no es algo nuevo, pero sí es algo que creímos parte de la historia. Lo hecho en Venezuela corresponde a una trayectoria que en los últimos tres cuartos de siglo ya había producido episodios en seis ocasiones: Guatemala en 1954, Cuba en 1961, República Dominicana en 1963, Granada en 1983, Panamá en 1989 y Haití en 1994. A esas operaciones militares directas habría que sumar los auspicios brindados a fuerzas insurgentes, como las que acabaron en1964 con el gobierno de Joào Goulart en Brasil, las que en Chile derrocaron a Allende en 1973, y aquella maniobra que mediante el uso de los “contras” que intentó desalojar del poder al sandinismo en Nicaragua en los años ochenta.
Fuera por cálculos geopolíticos —como en el caso de Panamá en relación con el canal—, o sobre la base de intereses económicos —como ahora en Venezuela, país que tiene las mayores reservas petrolíferas del mundo—, en estas ocasiones “el buen vecino” echó mano a la fuerza para enderezar aquello que estimaba se había torcido en su patio trasero (“back yard”). Los treinta años transcurridos desde Haití nos llevaron a pensar que el recurso había sido dejado de lado. Error nuestro.
Lo que no fue un error, porque estaba fuera de aquello que imaginamos posible, ha sido no anticipar que en estos tiempos Estados Unidos podía invadir un país del “patio trasero” y, con el respaldo de sus tropas, hacerse cargo del gobierno del país por tiempo indeterminado. Hay que retroceder al siglo XIX para encontrar un precedente equivalente. Si alguien buscaba un ejemplo de lo que es el imperialismo, Donald Trump está proporcionándolo en estado cristalino.
No obstante, hoy en día el paso dado por Trump no resulta original en el plano de la política internacional. Estados Unidos mismo ya intentó este modelo de intervención en Afganistán, Irak y Libia, países en los cuales la operación terminó dejando una situación peor que la previa a la intervención.
En la actualidad la intervención es recurso de Netanyahu en Gaza y Putin en Ucrania. Junto a la de Estados Unidos en Venezuela constituyen tres casos notorios de abandono de lo que creímos que se había construido como orden político internacional. En Ucrania y en Gaza, además de haberse violado derechos como la autodeterminación y principios como el de no intervención, jueces y tribunales internacionales han quedado fuera de juego.
Probablemente, eso mismo ocurrirá en torno a Venezuela. Ni en Naciones Unidas ni en el sistema de la OEA —con sus enormes costos en misiones y comisiones, informes y reuniones— se ha dado respuestas eficaces; apenas se pronuncia en tono moderado palabras rituales, similares a las emitidas desde la Unión Europea, que al no traducirse en acción alguna tienen sin cuidado a Washington, centrado en devolver el petróleo a empresas gringas.
El derecho internacional público que estudiamos en las facultades de derecho ha sido minuciosamente demolido en estos casos mediante bombardeos, invasiones e incalculables cifras de población desplazada. (Me pregunto cuál será el contenido del que se ocupan los profesores de la materia).
Pero el desmoronamiento del mundo que conocimos no ocurre solo en el plano internacional. El número de regímenes democráticos está decreciendo en el mundo, según apuntan los informes disponibles. En América Latina creímos, hasta hace no mucho, que los regímenes dictatoriales —que identificamos con mandos militares— pertenecían a una noche oscura que había quedado atrás. Otro error.
Ahora presenciamos una ola creciente de regímenes dictatoriales — ¡con origen electoral!— que han echado al tacho derechos fundamentales de la población. Y, lo que acaso nos sorprende más, las encuestas indican que esos gobiernos tienen respaldo ciudadano. Así ocurre en El Salvador con Bukele —que no esconde su propósito de permanecer en el poder indefinidamente— o en Argentina con Milei y sus perros clonados. Son dictadores que fueron elegidos y mantienen apoyo popular en el desempeño del cargo.
Antes que esa modalidad política se instalara, la promesa socialista del “hombre nuevo” se había evaporado. Las experiencias de la Unión Soviética y Europa del Este, a las que se sumó la Cuba de Fidel Castro fueron aleccionadoras. Y China vino a abrir el camino del capitalismo de Estado con dictadura del partido.
Los cambios a los que asistimos algo aturdidos no solo han afectado la esfera pública. Poco a poco, sin darnos tiempo para poner cada dato en un cuadro de comprensión global, los comportamientos y las relaciones personales en los países de occidente han normalizado perfiles que nuestros padres hubieran considerado inaceptables. Menciono solo algunos: la tolerancia social de las fuentes de ingreso ilegales, la generalización de la corrupción, la incorporación de la violencia familiar como asunto de interés público, las relaciones entre personas del mismo sexo, y el descontrol de los padres respecto de sus hijos.
En esos rubros estamos bastante lejos de aquello que se nos inculcó como “normalidad” en tiempos que apenas recordamos. No ingreso a la discusión acerca de lo que hemos ganado o perdido con estos profundos cambios que han hecho imprevisible este mundo; esto es, no postulo que “todo tiempo pasado fue mejor” según proclamara Jorge Manrique. Apenas registro que todo tiempo pasado fue (muy) distinto.
Cuán distinto es y, sobre todo, cuánto durará este giro son asuntos que están por verse y resulta inútil, además de pretencioso, tratar de anticipar. Principalmente porque la historia no se repite y el regreso al mundo que conocimos en el pasado es imposible. Lo saben o intuyen, entre muchos otros, los ocho millones de venezolanos emigrados durante la dictadura de Maduro que difícilmente volverán a una Venezuela en ruinas.