Hace cuatro años publiqué en este blog una nota acerca de las réplicas actuales de Eudocio Ravines, un personaje siniestro de la historia política peruana. No es que las réplicas se hayan multiplicado sino, más bien, que alguna de ellas ha cobrado una creciente notoriedad en la degradada escena política actual.
Enrique Chirinos Soto —otra personalidad política de nuestro pasado reciente— gustaba repetir que “solo Dios y los imbéciles no cambian”. Es útil tenerlo presente porque cuando se enfoca los casos del ‘síndrome Ravines’ no se está hablando de los simples cambios de camiseta, que hoy en día se incrementan, con una naturalidad que repugna, entre nuestros personajes políticos.
En el ‘síndrome Ravines’ no se da un simple cambio o una evolución que podamos explicar por la madurez del actor. Estamos, más bien, ante una mutación que se expresa como el paso de un extremo a otro del espectro, para sostener exactamente lo opuesto a aquello que se sostuvo.
Imaginemos un ejemplo absolutamente hipotético. Tomemos un actor político que se inició en los cuadros de la extrema izquierda, tan extrema que su grupo daba entrenamiento militar a sus afiliados en preparación para una lucha armada que, por cierto, nunca iniciaron. Desde esa militancia, nuestro personaje imaginario escribió durante años alentando las posiciones más radicales.
Tiempo después, cuando ya había dejado su militancia de izquierda, recibió la oferta de participar —¡como ministro nada menos!— en un gobierno que, como el de Alejandro Toledo, en su momento podría haber sido considerado en el centro-izquierda del espectro. Allí fue objetivo de ataques lanzados por aquellos que, como él años atrás, hacían oposición radical al gobierno. Digamos que nuestro personaje imaginario sintió estos ataques como puñaladas por la espalda. Y entonces su viraje hacia el otro extremo empezó a hacerse visible.
Pero, aún así, situado en el escenario político del país, se mantuvo durante años en el sector anti-fujimorista y reclamó castigo para las fuerzas gubernamentales que violaron derechos humanos con ocasión del combate a la subversión. Esto es, alejado ya de la izquierda, tampoco se convirtió súbitamente en un reaccionario.
Hasta que un día supimos que Keiko lo llamó para pedirle consejo. Y, ahora sí, nuestro personaje imaginario sucumbió ante el canto de la sirena oriental hasta llegar a ser —en medio del páramo intelectual que es el fujimorismo— un personaje de primera línea de ese sector. Y, esforzándose por hacer buena letra, fue más allá de aquello que los fujimoristas defendían. Imaginemos, por ejemplo, que se convirtió en el principal defensor de la amnistía para militares y policías que hubiesen violado derechos humanos en la lucha contra la subversión.
Así dibujado nuestro personaje imaginario, lo que en verdad interesa es explicarlo. ¿La ambición de poder es la clave de todo? ¿O recurriremos a un psicólogo o a un psiquiatra para saber cómo puede pasarse de un extremo al otro y, digamos, conciliar el sueño cada noche? Y entonces, pasar tranquilamente de haber defendido, por escrito —de modo que hay constancias— aquello que precisamente ahora se impugna y combate.
En el ciertamente reducido círculo de gentes a quienes he conocido relativamente de cerca en el Perú, cuento no menos de media docena de aquellos que pasaron de posiciones de izquierda o centro-izquierda a otras de extrema derecha, identificados por completo con los sectores a quienes en un momento ya olvidado dijeron combatir o hicieron como que buscaban combatirlos.
Por cierto, se puede —y se debe— denunciar a quienes exhiben ‘el síndrome Ravines’, pero también es preciso comprender a estos personajes que, como ocurre en el Perú de hoy, emponzoñan la atmósfera. Es preciso entender cómo se genera personajes así, con la esperanza —quizá vana— de que no sigan produciéndose.