Su base social, más que política, está en ese importante sector de población en el que habita el resentimiento –alimentado por décadas o generaciones de desigualdad y postergación– contra dirigencias nacionales que, situadas en el poder económico y político, no han mirado al Perú sino para aprovecharse de sus recursos, sus instituciones y su gente. En tres meses más, esa triste historia cumplirá 200 años.
Su organización tiene un pie en las bases magisteriales de un país que cuenta con alrededor de seiscientos mil docentes, y otro en una organización política –Perú Libre– que adhiere al marxismo leninismo más radical pero dentro de la legalidad. De cara a la segunda vuelta, ese cóctel cosecha por ahora la mayor parte de la intención de voto.
Pero Castillo, pese a sus limitaciones constatables en cada entrevista, es portador de mucho más que un enorme reclamo social. Voceros de Perú Libre que integrarán el Congreso, como Guillermo Bermejo y Zaira Arias, han mostrado una visión articulada de los problemas nacionales y una capacidad política que es escasa entre los integrantes de los dos últimos congresos. Son gente que conoce datos, construye argumentos y enfrenta los cuestionamientos con solvencia.
No obstante, la propuesta revela los límites que Vladimir Cerrón se empeña en exhibir. Que son los de una izquierda reaccionaria en lo concerniente a su visión de la mujer, de las orientaciones sexuales y del papel del Estado. Mirando al 6 de junio, la pregunta es: ¿para cuántos electores estos aspectos resultan importantes, sea por desconocimiento o sea por una vocación que no por buscar un cambio ha dejado de ser conservadora y autoritaria? Sin duda, a esos electores –que probablemente son la mayoría– el razonamiento de Mario Vargas Llosa, que aconseja votar por una Fujimori como mal menor –en una pirueta que lo distancia de su filiación liberal–, no importa lo más mínimo. La mayoría no se habrán enterado de la invocación del Premio Nobel y otros muchos no le reconocen la autoridad que él se atribuye.

El antifujimorismo empuja y el “terruqueo” no funciona
Quizá Keiko Fujimori –que no solo es heredera del dictador sino que ella misma ha mostrado una ambición capaz de haber emponzoñado la política peruana a partir de su derrota en 2016– ha sido la oponente ideal para Castillo: aquella a la que puede derrotar con más facilidad debido a sus antecedentes. Entre esos antecedentes hay que sumar los políticos y los judiciales, que ya hicieron que pasase un año en prisión preventiva. En la cúpula de su partido hay desde corruptos hasta gentes vinculadas al tráfico de drogas.
Según los sondeos de opinión hechos este año, el porcentaje de los encuestados que declararon que “jamás votarían” por Keiko ha ido disminuyendo: de 75% ha bajado a 55% en la encuesta de Ipsos post primera vuelta, frente a 33% que dicen lo mismo respecto de Pedro Castillo. Esa diferencia puede ser decisiva el 6 de junio.
Es que los excesos de la dinastía Fujimori han sido muchos y todo el país los conoce: votar por Keiko es indultar no solo a “don Alberto” sino a su séquito de delincuentes. Agréguese a eso la actividad de los grupos organizados del tipo Fujimori-Nunca-Más y su demostrada capacidad de movilización; aunque no tomen partido explícitamente por Castillo, motorizan su postulación.
El fujimorismo y sus aliados en la derecha que irán revelándose han creído ver en el “terruqueo” un arma eficaz contra Perú Libre y su candidato presidencial. Hay que considerar, de un lado, que cualquier argumento político se desgasta si se usa mucho y contra todo adversario, que es precisamente lo que se ha hecho. Desde hace años, los grupos y los medios conservadores han pretendido descalificar a quienes discrepan de ellos, llamándolos “caviares” o “terrucos”. El cuchillo ha perdido el filo.
De otro lado, el “presidente Gonzalo” fue desactivado hace 29 años y, si bien es verdad que algunos de quienes fueron sus discípulos se apartaron de él e intentaron proseguir la lucha armada, estas intentonas han fracasado por completo. Seguir hablando de “terrucos” entre los actores políticos de hoy es algo fuera de época.
Más aún, para aproximadamente un tercio de los casi 25 millones de electores hábiles, el terrorismo de Sendero Luminoso no es una experiencia sino una pesadilla de los mayores, escuchada pero no vivida. Más precisamente, a partir de los datos del Reniec, se concluye que el 25% de los peruanos inscritos y en edad de votar en 2021 no había nacido cuando el GEIN capturó a Abimael Guzmán. Y otro 10% tenía entonces tres años o menos. Sendero es, para todos ellos, como la historia del Lobo Feroz: un relato escuchado en la infancia, que no puede decidir cómo votan hoy.
Los resultados del sondeo de Ipsos, posterior a la primera vuelta electoral, significativamente muestran la derrota de Lima frente al voto del interior del país y distan de ser sorprendentes. Tras ellos hay dos racionalidades opuestas y enfrentadas en la ciudadanía. Por cierto, aún faltan seis semanas para volver a votar. En ellas muchas cosas pueden ocurrir y es seguro que los “fakes” se multiplicarán más allá de lo que se usaron antes del 11 de abril: mentir cuesta poco y, a veces, rinde mucho. En ambos bandos hay gran capacidad para meter la pata. Y los añejos almirantes que han vuelto a cabalgar para escoltar a una Fujimori, cuando lleguen a la desesperación, explorarán la posibilidad de un “pronunciamiento” que, en el caso de que Castillo prosiga su galope airosamente, nos devuelva a tiempos de “orden”.
Finalmente, el país sigue siendo impredecible.
(Foto: Andina)